Hablar de alimentación consciente suele despertar dudas y, en ocasiones, algunas cejas levantadas. Al acudir con AltusBody Nutriologos, uno rápidamente descubre que comer va mucho más allá de contar calorías o prohibirse el pan dulce. Imagínate entrando a la consulta con una lista de mitos sobre la comida y saliendo, quizás por primera vez, entendiendo lo que tu cuerpo realmente necesita. No es magia, es ciencia y sentido común, mezclados con una pizca de empatía y mucha paciencia.

Una de las primeras lecciones: no hay alimentos “buenos” o “malos”, sino contextos, emociones y necesidades. Un nutriólogo suele preguntar mucho más que el típico “¿qué desayunaste hoy?”. Te invitan a pensar en cómo te sentiste antes de ese antojo, cuánto disfrutaste tu comida o si de verdad tenías hambre o era solo aburrimiento vestido de pastelillo. Aprendes que el hambre emocional existe y que etiquetar los alimentos suele hacer más daño que bien.
Casi nadie se da cuenta, pero escucharse a uno mismo mientras come puede ser revolucionario. Identificar la saciedad, reconocer el hambre real y honrar los antojos forman parte del proceso. Todo esto lo trabajas de la mano de tu nutriólogo, quien no te juzga, sino que busca que disfrutes cada bocado y aprendas a conectar con tu cuerpo. Por ejemplo, dejan claro que saltarse comidas como castigo solo lleva a atracones después.
Lo cierto es que, entre risas y anécdotas, los nutriólogos te desmontan la idea de que el peso lo es todo. Se enfocan más en fortalecer la relación con la comida y ayudar a crear rutinas sostenibles. La alimentación consciente no es una dieta, ni una moda de Instagram. Es una práctica cimentada en la autoobservación, el respeto y el aprender (y a veces reaprender) a disfrutar de la mesa sin culpa.
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